Hay noticias que leemos, nos impresionan durante unos minutos y seguimos con nuestro día. Y hay otras que se nos quedan dentro, el reciente y trágico accidente ferroviario de Urda es un ejemplo de ello. De pronto, cientos de personas que no conocemos se convierten en protagonistas de una historia que seguimos casi en tiempo real. Queremos saber qué ha pasado, si hay supervivientes y cómo están sus familias. Actualizamos la información una y otra vez, miramos las imágenes, leemos comentarios. Y, aunque no estábamos allí, algo nos toca.
¿Por qué nos afecta tanto lo que les ocurre a personas que no conocemos? ¿Y qué viven quienes han sobrevivido o esperan noticias de alguien a quien quieren?
No nos ha pasado a nosotros, pero nuestro cerebro toma nota
Cuando conocemos una tragedia, nuestro cerebro no siempre la procesa como una información más. Esto nos recuerdan algo que preferimos no tener presente: que la vida puede cambiar en cuestión de segundos y que no siempre podemos controlarlo todo.
Podemos sentir miedo, tristeza, angustia, rabia o la sensación de vulnerabilidad. Incluso imaginamos qué habría pasado si hubiéramos estado allí o si viajara un familiar nuestro.
No significa que seamos exagerados ni que tengamos un problema psicológico. Es una respuesta humana ante algo que nos impacta y nos hace sentir que nuestra seguridad no es tan inquebrantable como pensábamos.
Pero estas tragedias también despiertan nuestra empatía. Pensamos en las víctimas y sus familias. Sentimos la necesidad de colaborar, ofrecer ayuda o mostrar nuestro apoyo. Porque ante el dolor ajeno no solo aparece el miedo, también aparece algo muy humano: las ganas de cuidar.
¿Por qué no podemos dejar de mirar las noticias?
Cuando ocurre una tragedia, queremos seguirla, el saber nos da cierta sensación de control, aunque no siempre nos tranquilice.
No necesitamos conocer a las personas afectadas para sentir tristeza, preocupación o impotencia. Si tenemos hijos, pensamos en los padres que esperan noticias. Quizá viajamos habitualmente en tren y sentimos que algo tan cotidiano ya no parece tan seguro. O quizá hemos perdido a alguien de forma repentina y la noticia nos conecta con un dolor que conocemos.
La empatía nos permite acercarnos, aunque sea desde fuera, a lo que otras personas están viviendo. Detrás de cada víctima hay una vida, unos vínculos y sueños que nadie esperaba que terminaran así.
Quienes sobreviven, quienes esperan y quienes pierden a alguien
Ante una situación extrema, algunas personas actúan con rapidez; otras se bloquean o apenas recuerdan lo sucedido. Y cuando el peligro pasa, no significa que todo haya terminado por dentro. Pueden aparecer el insomnio, el miedo y las imágenes de lo ocurrido que vuelven una y otra vez. También surge la culpa del superviviente, preguntas dolorosas: “¿Por qué yo he sobrevivido?” o “¿Podría haber hecho algo más?”, se puede sentir alivio por estar vivo y, al mismo tiempo, una tristeza inmensa por quienes no lo están.
Para las familias que no saben si su ser querido está vivo, herido o ha fallecido, la espera se convertirse en una auténtica pesadilla. Cada llamada alimenta la esperanza, pero también el miedo. Y cuando la muerte llega de golpe, el dolor puede mezclarse con la incredulidad, la rabia y preguntas difíciles de responder.
En esos momentos, evitar frases como “seguro que está bien” o “tienes que ser fuerte”. A veces, es mejor decir: “No sé qué va a pasar, pero estoy aquí contigo”. Podemos escuchar sin presionar, respetar los silencios y ofrecer ayuda concreta. Acompañar no significa solucionar el dolor de los demás, sino estar cerca y respetar su propio ritmo.
¿Y qué hacemos nosotros con todo lo que sentimos?
Podemos sentir tristeza, miedo, impotencia o preocupación ante lo ocurrido, sin saber muy bien qué hacer con ello, para cuidarnos debemos limitar las noticias, evitar las imágenes, hablar con alguien de confianza y mantener nuestras rutinas. Tener en cuenta que elegir cuándo informarnos y cuándo desconectar no es desinterés, es cuidar nuestra salud emocional. No necesitamos verlo todo para que nos importe.
Si la angustia, el insomnio o los pensamientos sobre la tragedia interfieren en el día a día, puedes pedir ayuda psicológica. Cuidarse no implica ignorar a los demás: es posible apoyar a quienes sufren sin dejar de descansar y seguir con nuestra vida.
Detrás de cada tragedia hay personas
Detrás de cada noticia, hay personas con una vida propia, familias que esperan respuestas y supervivientes que tendrán que aprender a convivir con lo ocurrido.
No podemos cambiar lo sucedido ni encontrar siempre una explicación. Pero sí podemos informarnos con responsabilidad, respetar el dolor ajeno y estar cerca sin juzgar ni exigir que nadie se recupere antes de tiempo.
Porque, cuando las noticias pasan, para muchas personas el dolor continúa. Y es precisamente entonces cuando nuestra presencia, nuestro respeto y nuestra humanidad pueden importar más.


